Pablo Neruda.
La lengua es convención. Si no fuera así no podríamos comunicarnos y establecer un lugar común que nos permita intercambiar información veraz y comprensible. Pero si nos apartamos de ese uso formal y social, las palabras tiene una vida secreta, y se disfrazan, se trasgreden a sí mismas, se maquillan, se liberan, se abrazan en uniones imposibles, intensifican su significado o se recomponen con nuevas y desafiantes terminaciones. Las palabras saben que tiene una vida común, necesaria, con una importante labor de servicio público. Gracias a ellas nos comunicamos, nos entendemos, nos relacionamos unos con otros. Mas no por eso renuncian a su otra vida, la que las permite brillar en todo su esplendor: y son palabras pájaro, palabras mariposa, palabras de seda o de marfil, palabras de humo y sombra, palabras de ceniza, palabras de barro, de pútrido fango, de daga mortal, de aliento helado...
Usar las palabras no es cualquier cosa, no es sencillo dar forma al pensamiento, transmitir, evocar, o dejar algo muy claro no es nada baladí. La palabra es un arma poderosa, habita en el silencio y se materializa en la escritura o en el habla. "Por sus palabras los conoceréis..." podría haber sido un adagio sagrado, porque si queremos conocer a alguien no hay nada mejor que escucharle, que leerle, que escudriñar sus silencios.
La palabra es conocimiento, descubrimiento, vida. Y por eso yo, como otros muchos, amo tanto la palabra y no puedo por menos que agradecer cada día que ese don prometeico nos fuera entregado: la luz y el verbo, el fuego y la palabra. Porque no importa qué nos quiten, o de qué cosas materiales nos despojen siempre que, después de todo, nos dejen las palabras, y, claro está, el derecho a utilizarlas libremente.
Marisa Peña.








